En los últimos meses, varios gobiernos han comenzado a replantear políticas energéticas que parecían intocables. No es un cambio ideológico, sino una respuesta a una realidad compleja, en la que la seguridad de suministro vuelve a ocupar un lugar central. España ha decidido prolongar la vida de la central nuclear de Almaraz hasta el 2030. Más allá de su carácter excepcional, la medida evidencia algo difícil de discutir: en un contexto marcado por la incertidumbre geopolítica y la volatilidad de los mercados energéticos, renunciar prematuramente a fuentes estables de generación eléctrica supone asumir riesgos innecesarios.
Alemania también ha corregido el rumbo. El Gobierno de Friedrich Merz ha reformado la ley de Calefacción para permitir la continuidad de las calderas de gas siempre que empleen biometano u otros gases renovables. Berlín no ha abandonado sus objetivos climáticos. Lo que ha hecho es reconocer que la descarbonización exige pragmatismo, neutralidad tecnológica y sentido común, no la imposición de una única solución.
El refuerzo de la autonomía energética se erige en necesidad estratégica
Al otro lado del mundo, Australia estudia construir su primera refinería en más de seis décadas. La iniciativa responde a los problemas de abastecimiento por el cierre del estrecho de Ormuz, que han puesto de manifiesto la vulnerabilidad de depender de terceros para el suministro de combustibles. Cuando la estabilidad económica está en juego, reforzar la autonomía energética deja de ser una opción para erigirse en necesidad estratégica.
Sin embargo, la Unión Europea continúa apostando por la electrificación como eje casi exclusivo de su estrategia de descarbonización. Esta visión resulta difícil de sostener. La magnitud del desafío energético exige combinar ambición climática con un análisis realista de las limitaciones tecnológicas, económicas y geopolíticas. Y más cuando la ONU da por hecho que en esta década se rebasará el umbral de 1,5 °C.
La UE debe reconocer que no existe una vía única para reducir las emisiones de dióxido de carbono. La respuesta pasa por combinar tecnologías y aprovechar las herramientas disponibles: energías renovables, biometano, combustibles renovables, energía nuclear, almacenamiento eléctrico e infraestructuras más robustas. Excluir alternativas por ideología no acelera la transición: reduce el margen de maniobra, encarece las soluciones y aumenta la vulnerabilidad del sistema.
Los acontecimientos demuestran que planteamientos antes incuestionables están siendo reconsiderados por gobiernos de distinto signo político. La reducción de emisiones seguirá siendo imprescindible, pero ya no puede contemplarse al margen de otros objetivos críticos: la seguridad energética, la competitividad industrial y la resiliencia económica. Cuanto antes incorpore la UE estas lecciones, mejor preparada estará para afrontar un mundo incierto y exigente. Ignorar los hechos solo agravaría los errores. La realidad no negocia con los dogmas.