La reintroducción de peajes en las carreteras interurbanas ha vuelto a abrir un debate recurrente en la política de infraestructuras.
Sin embargo, cualquier decisión sobre su implantación debería ir más allá de la financiación de la red viaria y considerar también sus efectos sobre la distribución del tráfico entre tipo de carreteras y, en particular, sobre la seguridad vial.
Su supresión ha aumentado la seguridad en el conjunto de la red viaria
La eliminación de los peajes en las autopistas de la red estatal incrementó el tráfico de vehículos ligeros alrededor de un 40%, y el de vehículos pesados en más de un 80%.
Este aumento respondió, sobre todo, al trasvase de tráfico desde las carreteras convencionales. El fenómeno fue especialmente acusado en el transporte de mercancías, ya que difícilmente puede atribuirse a un incremento de la demanda en un modo que ya concentra más del 95% del transporte interior.
Ese cambio tiene consecuencias directas sobre la siniestralidad. Las estadísticas muestran que el riesgo de sufrir un accidente grave es seis veces mayor en una carretera convencional que en una autopista o autovía, mientras que la probabilidad de fallecer es cinco veces superior.
Por ello, aunque las autopistas registraron más accidentes tras el levantamiento de los peajes, la reducción de la siniestralidad en las carreteras convencionales fue mayor. Salvo que el tráfico adicional generado o desviado desde el ferrocarril hubiera compensado ese efecto —algo poco probable—, la supresión de los peajes mejoró la seguridad del conjunto de la red.
Los vehículos pesados explican buena parte de este resultado. En un estudio realizado por los autores se estima que la incorporación de un turismo incrementa el riesgo de accidente de forma proporcional al aumento del tráfico, mientras que la de un camión lo eleva entre cuatro y cinco veces más.
Cualquier política tarifaria que modifique las rutas del transporte pesado tendrá, por tanto, un impacto muy relevante sobre la siniestralidad.
Las estimaciones para las autopistas A-1, A-2, A-4 y A-7 son ilustrativas. El aumento del tráfico pesado habría supuesto 13 fallecidos adicionales en estas vías. Sin embargo, si ese tráfico procedía de carreteras convencionales, se habrían evitado hasta 70 muertes en ellas. Aunque no todo el tráfico desviado tuvo ese origen, la diferencia es suficientemente amplia para concluir que el desvío de camiones hacia las autopistas como consecuencia de la supresión de los peajes redujo el número de víctimas mortales en el conjunto de la red viaria.
Por ello, si se opta por reimplantar peajes en las vías de alta capacidad, la cuestión clave no será únicamente cuánto pagar, sino cómo evitar que los camiones regresen a las carreteras convencionales. Cualquier reforma que ignore este efecto podría traducirse en un aumento de la siniestralidad y, en última instancia, de las víctimas mortales.