La ventana indiscreta

Cada día, de todos los del año sin excepción, Sajonia-Anhalt pierde habitantes como para llenar un autobús urbano. Un territorio que tiene poco más de dos millones, este land de la antigua Alemania del Este ha visto reducirse su población un 25% desde la reunificación. Y de no ser por la inmigración de la última década, esa hemorragia demográfica se habría convertido en apocalipsis, con una caída de más del 35%. El equivalente en Catalunya significaría haber pasado de los 6 millones de habitantes de 1987 a poco más de cuatro millones ahora. El land es el último en renta per cápita de Alemania y la distancia que le separa del más rico, la ciudad estado de Hamburgo, es muy superior a la que se da entre Extremadura y Madrid, los dos territorios españoles equivalentes en términos de riqueza. También es el que tiene la tasa de paro más elevada.

A pesar de su incontestable crisis demográfica, la mayoría de los votantes de Sajonia-Anhalt ha elegido en estas pasadas elecciones el partido de Ulrich Siegmund, cuyo primer objetivo es expulsar inmigrantes. ¿Qué explica ese rechazo a una inyección vital para el sostenimiento de la actividad social básica? En algunos distritos, la población extranjera entre el personal médico de hospitales y clínicas alcanza el 30%. Otro tanto ocurre en las zonas turísticas, en las que se concentran los inmigrantes ucranianos, sirios, azerbaiyanos o rumanos. No es muy atractivo ser ciudadano de la primera potencia europea si se reside en la industriosa Halle.

Es posible que el voto exprese frustración al ver el progreso económico de los recién llegados, en contraste con el cronificado estancamiento de los locales, atrapados en una espiral de impotente legado social y desmotivación, que se encubre con falsos relatos sobre violencia inmigrante, pérdida de identidad cultural y desvío de ayudas hacia los no alemanes pata negra.

Sensación de naufragio sin futuro, de ser alemanes de segunda categoría, transformado en odio y que autoriza a los líderes de Alternativa para Alemania (AfD)
–presidida por Alice Weidel, nieta de un miembro de las SS que fue juez militar sospechoso responsable de miles de ejecuciones– a defender discursos sobre el trato a los inmigrantes que apenas se distinguen de las empleadas por los nazis en los años treinta del siglo pasado para hablar de los judíos. Palabras clave, como un código secreto para iniciados, con significado cómplice para los cercanos, siniestro para los considerados objetivos: remigración, deportación, extranjeros ajenos a la cultura alemana...

Las pautas demográficas y económicas de este estado también se ven en zonas de Catalunya

Esa indiferencia de los votantes podría indicar que tal vez la extinta República Democrática Alemana (RDA) no debió de aplicar una efectiva política de desnazificación tras la Segunda Guerra Mundial; menos intensa incluso que la de la parte occidental. Aún hoy sigue siendo motivo de controversia entre los historiadores en qué grado la población alemana fue entusiasta del Tercer Reich y cuánto se debió a la feroz represión.

Pese a que la AfD es la formación más votada entre los trabajadores, en su definición más laxa, del land de Sajonia-Anhalt, su programa apenas coquetea con propuestas económicas populistas para atender a unos votantes que mayoritariamente declara vivir dificultades económicas y estar muy inquieta por la inflación, a diferencia de los votantes de los otros partidos, que dicen que les va mejor.

Los ultras están contra la intervención del Estado en la economía, defienden un recorte drástico de los programas sociales, rechazan la subida de impuestos a los más ricos y no quieren oír hablar de controles de alquileres. Una profunda desconfianza hacia el Estado aflora en el voto a la AfD. Dos puntos importantes: está a favor del rearme, elemento central de cualquier programa nacionalista y con gran tradición en Alemania y que enlaza con un sector de la gran empresa, y postula que las pensiones públicas se complementen con planes de capitalización, de interés para la gran finanza. Conjunto de propuestas de marcado corte ultraliberal y que deben de haber jugado algún papel en el creciente vaciamiento del voto de clases medias a la CDU del canciller Friedrich Merz a medida que se celebran elecciones. El complemento local: rechazo al apoyo a Ucrania y el alineamiento con Rusia, hasta antes de la guerra proveedor de gas barato para la principal industria del land, amenazada de extinción.

El land alemán pierde cada día la población equivalente a los pasajeros de un autobús

Lo ocurrido en las elecciones de Sajonia-Anhalt expresa las paupérrimas condiciones socioeconómicas que padece ese territorio y que es bastante común con las de los otros cuatro que formaron parte de la Alemania del Este. Y la frustración con los partidos establecidos, incapaces de mejorar las cosas tras largas décadas en el gobierno. Pero también que es muy pronto para considerar que es el inicio de una imbatible marcha sobre Berlín. No toda Alemania es Sajonia-Anhalt. Pero sin duda marcan la tendencia de la política alemana y también europea.

La frustración no es exclusiva de ningún territorio europeo, de Francia a Italia. En Catalunya, por ejemplo, es una pulsión latente desde la pasada gran crisis financiera, que expuso la debilidad de sus bases económicas y dejó ver una realidad de desclasamiento y pérdida de estatus entre amplios sectores de la población. En parte ese fue el arranque del procés, cuyo fallido cierre no curó la herida. El agravio contra Madrid se complementa ahora con el temor al borrón identitario a causa de una inmigración presente como el diablo de los tiempos modernos. De fondo un escenario de difíciles condiciones de vida, agravios comparativos, deterioro de los servicios públicos y pérdida de control sobre la propia existencia y temor cultural. Motor que alimenta movimientos como la Aliança Catalana de Sílvia Orriols, la alcaldesa de Ripoll, también en declive demográfico e industrial, como otras comarcas del país, y que da respuestas simples a problemas complejos. Una papeleta para la clase política que gobierna Catalunya; y para las elites económicas. Con permiso de Donald Trump y Elon Musk, claro.