Detrás de la empresa
El fundador y consejero delegado de Volta fue directivo de la gestora de fondos canadiense Brookfield y ha lanzado una empresa valorada en más de 2.000 millones de euros
Hace apenas nueve meses, el nombre de Volta no dejaba rastro en internet. Hoy, basta con buscar esta marca junto a las omnipresentes siglas “IA” para encontrar una compañía valorada en más de 2.000 millones de euros. Entre ambos puntos, una historia de ascenso fulgurante, aupada por el hambre de los inversores por recoger los frutos de la fiebre por la inteligencia artificial. Detrás del proyecto, un directivo catalán de 33 años formado en el mundo de los grandes fondos de inversión de la City de Londres. Ricard Boada (Girona, 1993) fundó Volta junto a su socia, Sofia Gumuzio, mientras ambos trabajaban en la gestora canadiense Brookfield. Allí, él se encargaba de cerrar operaciones vinculadas a la infraestructura que sostiene la IA –centros de datos, chips, computación en la nube, almacenamiento o sistemas de refrigeración–, y ella lideraba la adquisición de terrenos y el desarrollo inmobiliario de estas instalaciones. “Nos dimos cuenta de que era una oportunidad muy grande y que había un hueco en el mercado”, cuenta Boada.
El directivo calcula que el despliegue de la IA exigirá hasta el 2030 inversiones de unos 15 billones de dólares en computación. El “momento adecuado en el lugar adecuado” le llegó a Boada hace tres años. Le tocó supervisar la compra de una plataforma de centros de datos y pudo ver de cerca algo que acabaría siendo clave: el nacimiento de una industria en torno a la infraestructura necesaria para desarrollar la IA. “Empecé a ver que se estaba movilizando una cantidad de capital estratosférica en todo el mundo, y eso me llevó a un proceso de aprendizaje y descubrimiento”, explica. Entendió entonces que las unidades de procesamiento gráfico (GPU, por sus siglas en inglés) utilizadas para entrenar los modelos de IA acabarían comportándose como otras infraestructuras, desde las carreteras hasta las plantas solares: serían activos estables, respaldados por contratos a largo plazo y, sobre todo, necesitarían cantidades ingentes de capital. Este nicho de mercado podía dar servicio a los laboratorios de IA y a las firmas digitales surgidas al calor de la industria que no contaban con la solidez financiera de gigantes como Microsoft o Google. Así se creó el hueco perfecto para Volta.
La última ronda de financiación de 260 millones de euros elevó su valoración hasta los 2.085 millones y dio la bienvenida como inversores al gigante estadounidense Nvidia, el family office de Michael Dell, y las firmas de capital riesgo estadounidenses Andreessen Horowitz y Altimeter. Aun así, el gran crecimiento de Volta no se explica sin otro nombre: Azora. La gestora española estuvo desde los inicios, y ambas comparten una sociedad para captar fondos a gran escala. “Permiten dar este pulmón y oxígeno a Volta para poder desarrollar fábricas”, relata Boada. Su primer gran proyecto es un centro de datos en Noruega con una capacidad de 120 megavatios que requerirá una inversión de cerca de 4.400 millones de euros. La financiación, dice, ya está asegurada. “Daremos apoyo a un laboratorio de IA de frontera”, avanza, sin dar nombres. Estas instalaciones se pondrán en marcha el 1 de enero del 2027 y estarán a pleno rendimiento a finales de junio del año que viene. “Entonces generará ingresos de 1.700 millones de dólares anuales”, augura Boada.
Volta cuenta con la gestora Azora y el gigante de los chips Nvidia para captar capital y desarrollar centros de datos
El foco de Volta en la búsqueda de emplazamientos está puesto en Estados Unidos, los países nórdicos y la península Ibérica. Para que una ubicación sea atractiva, buscan tres requisitos: terrenos con capacidad para albergar al menos 100 megavatios, un coste competitivo de la energía y rapidez en la obtención de permisos. “España reúne muchas de las características que se necesitan para ganar en el sector de la IA”, pronostica Boada. Esta industria no hace vacaciones, pero el directivo se ha desplazado unos días a la Cerdanya para pasar tiempo con su mujer y su hijo –en plena vorágine por el lanzamiento de Volta, fue padre en febrero– y hacer alguna que otra excursión. A la vuelta le espera un equipo de 100 trabajadores entre las sedes de Palo Alto, Londres y Nueva York, y nuevas inversiones en el horizonte.